Que si la historia de Kaldi, que si el mapa sensorial de la lengua o el impacto de la elevación en taza. Sí, es cierto, el mundo del café está plagado de mitos. Creencias, supuestos, asociaciones, falacias y sesgos. Relatos sin sustento histórico y teorías sin rigor científico.
Más allá de esto, creo que el verdadero problema es que muchas veces, como profesionales del rubro, nos preocupamos más por el acto de corregir que por el impacto, la claridad o el pragmatismo que debería arrojar dicha corrección.
Hay algunos mitos que vale la pena desmentir, pero muchos otros no deben ser necesariamente desacreditados, sino abordados bajo otro acercamiento que permita redefinirlos o cuestionarlos, en lugar de tomarlos como verdades absolutas.
Por ejemplo, puede ser muy útil empezar a reemplazar “es” por “tiende a ser”. O incluso decir que X Influye en Y pero no lo determina rotundamente.
El asunto es que no nos gustan los grises, somos dicotómicos porque eso nos permite decidir y afirmar, por lo menos, pensar que tenemos mayor control de nuestras decisiones o afirmaciones.
Muchas veces desconfiamos más de la realidad que de los libros o autoridades. Al punto que no cuestionamos la desacreditación de un potencial mito si se trata de un especialista, una universidad o un paper. Nos alcanza con que sea ciencia, no lo comprobamos por nuestros propios medios o exigimos pruebas.
Incluso aunque las pruebas fueran provistas no debemos de olvidar que el método científico no es infalible o puede estar parcialmente sesgado. Puede también que se hayan descartado aquellos resultados o estudios que no ayudan a comprobar nuestra hipótesis, pero claro que de esto no queda mucho registro.
El principio de autoridad en jaque
El neurocientífico José Ramón Alonso cuenta en una entrada de blog la historia de Vesalio:
“Vesalio fue el más grande de los anatomistas del Renacimiento. Hasta entonces, el catedrático leía desde su silla un libro de Aristóteles o Galeno mientras un cirujano-barbero, una persona inculta y de poco nivel, hacía la disección, se manchaba las manos e intentaba localizar para los alumnos las estructuras descritas por el sabio griego o el romano que el profesor iba mencionando.
Vesalio decidió hacer las disecciones él mismo y se dio cuenta al ver con sus propios ojos la anatomía del cuerpo humano que las obras de la Antigüedad estaban plagadas de errores. (...) En total, Vesalio encontró que 200 piezas de las descripciones del cuerpo humano provenían en realidad de animales.
Cuando los profesores que seguían los libros galénicos a rajatabla supieron de los descubrimientos de Vesalio se escandalizaron y se defendieron utilizando argumentos peregrinos como que el cuerpo humano habría cambiado desde la época del Imperio Romano o, aún más chocante, llegaron a decir «Se equivoca el cadáver, que no Galeno»”.
la cruzada de la posverdad
Otro gran error radica en menospreciar el impacto simbólico y subjetivo que tienen aquellos ornamentos que “no hacen a la calidad del café” pero que influyen en nuestra percepción del mismo.
Al final, nunca es lo que es, sino lo que representa. Razzle-Dazzle 'em!
El conocimiento nos permite saber cuando estamos equivocados. La sabiduría nos permite separar lo coloquial de lo estrictamente académico y adaptar nuestro discurso a distintos grupos y situaciones, aún sabiendo que no es 100% acertado.
Hablar solo con la verdad y “lo técnicamente correcto” no te hace más solemne. Es tu necesidad de atención manifestándose. Ir corrigiendo a las personas no te hace intelectualmente superior, te hace un aparato y un aguafiestas.






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